Geografía

  Influencias

  Características

  Volver al menú

 
 
Historia
    La Montaña palentina fue el hogar de cántabros como los tamaricos (Fuentes Carrionas), los bellicos (Peña Labra y Fuentes Pisuergas) y los moroicanos (Aguilar de Campóo y Tuerces), hasta que los romanos llevaron a cabo su conquista durante las guerras cántabras (29 - 19 a.C.), dirigidas por el propio emperador Augusto, con el objetivo de ocupar y colonizar toda la Península Ibérica (Hispania).

    Las guerras cántabras y la colonización romana de La Montaña palentina, tras la feroz resistencia de los cántabros en los míticos montes Bernorio y Cildá, dejaron interesantes restos como el puente de Néstar sobre el Rubagón en el Itinerario de Antonino, dos campamentos romanos frente a la sierra del Brezo, el de Cantoral (Campus Toralis) y el de Castrejón (Castriculonem) con el objetivo de mantener sumisas las montañas cántabras y la Liébana, y la famosa cita de Plinio sobre las «Fontes Tamaricii» en Velilla del río Carrión, así como los topónimos de Guardo (Bucca Arduum) y Cervera (Zervaria).

    Desde la conquista romana hasta el siglo VIII, La Montaña palentina estuvo poco poblada y apenas controlada por los diversos pueblos bárbaros, si exceptuamos el precario control visigodo de Mave en el siglo VII, y el esporádico y fugaz paso de los musulmanes de Al-Andalus del que son prueba las campañas del rey asturiano Alfonso I el Católico (739-757) y su política de despoblación del valle norte del Duero («campos quod dicunt goticos usque ad flumen Dorium eremavit»), para crear una frontera que protegiera al joven reino astur de los ataques de los musulmanes.

    La Montaña es repoblada por cántabros y astures procedentes de la zona oriental del reino astur (Liébana, Cabuérniga y Santillana), entre mediados del siglo VIII y mediados del Siglo X por el sistema de presura (apropiación simple de terrenos vacíos y despoblados por pequeños grupos de personas dirigidas por eclesiásticos o nobles).

    Durante el reinado de Alfonso II el Casto (791-842) se lleva a cabo la repoblación de Brañosera con la «Carta Puebla» dada el año 824 por el conde Munio Núñez y su esposa Argilo a la localidad montañesa de Brañosera, que se convierte en el primer municipio con un documento oficial destinado a la repoblación y organización de su territorio.

    Durante el reinado de Alfonso III el Magno (866-910) y su política de creación de una línea de fortalezas en la orilla norte del Duero (Osma, Clunia, Simancas, Toro, etc) para proteger las tierras recién repobladas al norte del Duero, La Montaña queda definitivamente libre, y desde mediados del siglo X hasta el siglo XII, cae bajo la influencia de los condes de Saldaña, Carrión y Monzón, que practican una política ambigua entre León y Castilla.

    La fundación de San Martín de Frómista en 1065 con la presencia de los obispos de Palencia y Burgos, marca un momento trascendental ya que inicia la aparición del arte románico que representa el triunfo de la piedra como elemento constructivo perdurable y la imposición paulatina de la espiritualidad cristiana en Occidente a través de los monasterios y caminos de peregrinación, sobre todo a Santiago de Compostela, que van difundiendo las nuevas formas románicas a lo largo y ancho del camino, y que influyen durante los siglos XII y XIII en la enorme floración románica en las cabeceras del Pisuerga y el Rubagón, y en toda la montaña palentina.

    A lo largo del reinado de Alfonso VI (1065-1109) se producen frecuentes disputas entre los obispados de Palencia y Burgos con el objeto de delimitar sus posesiones. Ya en 1059 se había entablado una primera disputa que solucionó el rey Fernando I (1037-1065), estableciendo los límites de la diócesis burgalesa desde el nacimiento del Pisuerga hasta Mave, Herrera, Monzón y Cevico Navero.

    En 1116 el obispo de Burgos don Pascual agrega al monasterio de Oña Santa Eufemia de Cozuelos y en 1118 consagra las iglesias de Cordovilla y San Miguel de Brañosera, lo que demuestra que la cabecera oriental del Pisuerga y la cuenca del Rubagón estuvieron bajo la influencia de la diócesis de Burgos, mientras que la cabecera occidental del Pisuerga y la Pernía permanecieron bajo el señorío del obispado de Palencia.

    La aparición en 1120 del «Codex Calistinus» del presbítero francés Aimeric Picaud, que diseña el camino francés a Santiago de Compostela, representa otro momento de florecimiento de iglesias y monasterios románicos en la montaña palentina.

    Sin embargo, la etapa más importante para la expansión y florecimiento del arte románico en la montaña palentina es el reinado de Alfonso VIII (1158-1214), etapa en la que el florecimiento de monasterios como Santa Eufemia de Cozuelos, San Andrés del Arroyo, Santa María la Real de Aguilar y Las Huelgas Reales de Burgos, produce una auténtica explosión del románico en las cabeceras del Pisuerga y el Rubagón.

    Hacia 1180, a instancias de los obispos don Pedro de Burgos, don Raimundo de Palencia y don Juan de León, se iniciaron las obras de reconstrucción de la abadía de Lebanza, situada en plena montaña palentina e importante santuario mariano, y en 1185 Alfonso VIII ratificó la donación de la iglesia de San Salvador de Cantamuda, en pleno corazón de la Pernía, al obispado de Palencia.

    Durante los siglos XIII y XIV continúa en la montaña palentina la corriente constructiva románica que inicia una lenta transición al nuevo estilo gótico, presente sobre todo en el apuntamiento de arcos en gran parte de los templos.

    En el siglo XV se construyen en algunas localidades de la montaña palentina templos plenamente góticos como la colegiata de San Miguel (Aguilar de Campóo), las iglesias parroquiales de Quintanaluengos, Salinas de Pisuerga y Barcenilla.

    Finalmente en el siglo XVI también se construyen algunos templos del gótico final como la colegiata de Santa María del Castillo (Cervera de Pisuerga) o la portada conopial de la iglesia de El Campo.